Sucedió a finales de 1940, el puente Tacoma Narrows, en la provincia de Washington (EE.UU.). Afortunadamente, sin muertes.

De repente, el puente se vino abajo.

¡Y no era un puente pequeño! Tenía 1.600 metros de longitud y en su momento era el tercer puente colgante más grande del mundo. Tenía una estructura muy grande, de acero y hormigón.

¿Recuerdas aquello de la resonancia simpática en clase de física? Cuando una cuerda o un diapasón, que estaba al lado en reposo, comenzaba a vibrar cuando hacíamos vibrar otra cuerda o diapasón idéntico?  ¿O esa imagen de alguien cantando hasta romper una copa de cristal?

Pues este principio de la resonancia acústica fue lo que causó su colapso: un cuerpo o sistema vibratorio en reposo responde a vibraciones externas que coincidan o sean semejantes a su frecuencia vibratoria.

El puente se vino abajo cuando el viento chocando contra la estructura del puente produjo una frecuencia vibratoria o sonido que coincidía con la frecuencia natural del puente,  lo hizo vibrar tan fuerte que se derrumbó.

 

 

Imagina ¿qué puede causar el sonido en nuestro cuerpo?

… si la vibración es capaz de derrumbar una estructura de hormigón y acero.

Nuestro cuerpo, en su conjunto, es un sistema vibratorio. Pero también contiene muchos sistemas vibratorios más pequeños, ya que cada parte del cuerpo tiene una frecuencia vibratoria específica.

El principio de la resonancia simpática es uno de los principios básicos de la terapia de sonido. Por eso es una terapia vibracional, energética, tan potente. Los egipcios ya la conocían. Y por supuesto Pitagoras y sus seguidores. La escuela pitagórica «trabajaba» con intervalos perfectos (sobre todo con octava, quinta y cuarta justas).

Cuando aplicamos un rango amplio de frecuencias a través del cuerpo, las frecuencias que igualan la frecuencia de resonancia de la zona bloqueada de nuestro cuerpo, ayudarán a crear movimiento en esta zona y a hacer que comience a vibrar de nuevo.

Pero ¡ojo! Si estás pensando que esto es posible con tu música favorita… lamento decirte que no. Tu música favorita te sirve para disfrutar, deleitarte, sentirte bien… pero no para desbloquear memorias de emociones antiguas ancladas en tu cuerpo física y emocional.

Cuando un sonido o música te produce malestar, e incluso alguna sensación física incómoda en alguna parte de tu cuerpo, es precisamente porque está “trabajando”: te está ayudando a recuperar la vibración en ese tejido bloqueado, denso, sin apenas humedad, que obstaculiza el flujo energético adecuado en tu cuerpo.

Con varias sesiones de diapasones o música terapéutica personalizada, se puede llegar a disipar tanto el malestar físico o dolor puntual como el trauma emocional asociado, guardado en el pasado, en el tejido conectivo de nuestro cuerpo. 

A medida que el sonido va «ablandando» con vibraciones desde el interior del cuerpo este tejido bloqueado, logramos un mayor bienestar y equilibrio físico, mental y emocional.

Si quieres saber más, aquí te explico lo del tejido conectivo y cómo viaja el sonido en el cuerpo.